Nosotros convivimos con ellos, y ellos con nosotros, y como en toda convivencia es muy importante saber comunicarnos y entendernos. El problema que tenemos, es que la manera que tenemos de comunicarnos entre nosotros (comunicación verbal) no es eficaz con los perros, y ya que ellos lo tienen más complicado que nosotros, lo mejor es que nosotros aprendamos su lenguaje para que luego ellos puedan comprendernos a nosotros (¡alguien tiene que empezar!).
Tendemos mucho a humanizar y hablar a nuestras mascotas, eso no es problema, pero si no queremos confundirlos y que entiendan lo que queremos de ellos hay que ser claro, hay que simplificar la comunicación reduciéndola a “has hecho bien”, “no has hecho bien” y “lo estás haciendo mal”. Puede parecer algo demasiado básico, pero realmente el perro (al igual que un niño que está aprendiendo), lo único que tiene que saber es si lo que está haciendo es adecuado o no. Para ello disponemos de tres herramientas (premio, castigo e ignorar) que conviene comprender en que consiste cada una de ellas, para poder utilizarlas correctamente.
Un premio es algo agradable que le hacemos al animal en respuesta a algo que haya hecho bien. Es la manera de decirle “has hecho bien”. Esto quiere decir que, cada vez demos un premio a nuestro perro, éste lo estará interpretando como que aquello que estaba haciendo en ese momento era la conducta adecuada. Pero si queremos que mantengan su significado, hay que administrarlos, no se dan gratuitamente, tiene que estar haciendo algo bien. Y si queremos que aumente su eficacia, no se dan siempre, está comprobado que si los premios se dan de manera intermitente, la conducta que estamos premiando se queda mucho más fijada.
Tenemos que ser muy conscientes de que cada vez que damos algo agradable a nuestra mascota, ésta lo va a interpretar que aquello que está haciendo en el momento de recibir el premio, es algo bueno. Le estamos diciendo “muy bien, como eso que estabas haciendo me agrada, te voy a premiar”.
Y un premio puede ser cualquier cosa agradable que le demos a nuestra mascota: una caricia, prestarle atención, unas palabras agradables, un juguete, una “chuche”… cada vez que demos alguna de estas cosas a nuestra mascota, ésta entenderá que lo que está haciendo está bien.
Si cada vez que le damos un premio decimos “muy bien”, llegará un momento en el que con sólo decirle “muy bien” nuestra mascota ya sabrá que está haciendo bien.
¿Os habéis dado cuenta de que todos los perros hacen caso cuando se les dice “Toma”? Eso es porque siempre que se les ha dado algo bueno la palabra “toma”, estaba presente. Lo mismo haremos con “muy bien”.
El castigo lo vamos a utilizar exclusivamente para decirle que eso que está haciendo debe dejar de hacerlo en el acto. Para que un castigo sea eficaz, tiene que cumplir estas tres características:
Tiene que detener la conducta del animal
Tiene que ser en inmediato
Tiene que ser desagradable
Sólo si cumple estas tres características es un castigo eficaz.
Tiene que detener la conducta del animal porque éste entienda que ha hecho algo mal, no porque nosotros impidamos que siga haciéndolo: si deja de morder la zapatilla porque se la quitamos o lo encerramos en el baño, no es eficaz. No ha dejado de comerse la zapatilla porque sepa que está mal, sino porque ya no tiene acceso a ella. Tiene que detener la conducta aún estando el estímulo presente (dejar de morder la zapatilla teniéndola a su alcance).
Si no detiene la conducta del animal, éste no capta el mensaje; pudiendo ser contraproducente. Si él ve que es capaz de hacer lo que quiera y no somos capaces de detenerlo al momento, nos está poniendo a prueba y la estamos perdiendo. En estos casos deberíamos ser más severos o utilizar otras estrategias para que deje de hacer eso.
Si no es inmediato no saben por qué se les está castigando. No es que no sepan lo que han hecho o no se acuerden, es que sencillamente no entienden el idioma.
Por poner un ejemplo: nosotros nos vamos a China a compartir piso con un chino, éste se va a trabajar y entonces nosotros fregamos los platos. Cuando llega nuestro compañero, se enfada con nosotros por haber fregado y nos echa una reprimenda en chino…nosotros no tenemos ni idea de por qué se ha enfadado, sólo sabemos que está enfadado y/o que tiene muy mal carácter. Al día siguiente hacemos lo mismo (para nosotros puede ser tan normal fregar los platos, como a un perro defecar en medio del pasillo), y se repite la escena. Así durante una semana. La próxima vez que le veamos entrar, si está enfadado sabemos que nos va a reñir, nos pondremos más a la defensiva, pero todavía no sabemos por qué se enfada, no sabemos la causa. Si entonces, el compañero nos hace tocar los platos escurriéndose mientras nos riñe nosotros podemos deducir que hay un problema con los platos, pero no cual. No sabremos si quiere que los sequemos, que los coloquemos, que los dejemos en otro lugar… (de la misma manera que si enseñamos la zapatilla mordida o le frotamos el hocico en las heces nuestro peludo no va a saber por qué se lo estamos haciendo). Sin embargo, si un día nuestro compañero llega antes de trabajar y nos pilla “con las manos en la masa”, nos reñirá y si seguimos fregando y nos da un golpe en las manos, entenderemos enseguida que lo que quiere es que no freguemos los platos.
Si no es desagradable, es un premio. Si nuestro peludo no interpreta que eso está mal, lo interpretará como que está bien. Por ejemplo, si damos un juguete para que deje morder la zapatilla o deje de ladrar, estamos premiando esa conducto (al igual que si a un niño le damos un caramelo para que cese en una pataleta), haciendo justo lo contrario de lo que debemos.
Sencillamente es actuar como si no existiera, ni mirarle, ni empujar…nada, actuar como si no existiera, haga lo que haga.
Una vez que tenemos claro qué herramientas vamos a utilizar, ahora nos toca saber cuando utilizaremos cada una de ellas:
Premio: cuando hace algo que queremos que haga
Castigo: cuando hace algo que NO queremos que haga y tenemos que detener al momento (romper la basura, robar comida…). Esa es la función del castigo.
Ignorar: cuando hace algo que NO queremos que haga y podemos dilatarlo en el tiempo (gemidos o gestos para llamar nuestra atención). El perrito realizará esa conducta y al ver que nos es indiferente, en cuanto vea no consigue nada con ello, dejará de hacerlo.
Hay que tener precaución con los premios, con no darlos cuando está haciendo algo que no queremos que haga (cogerlo en brazos o acariciarlo cuando está ladrando…)
También hay que tener cuidado con los castigos, ya que si nos excedemos, podemos generar miedo en nuestra mascota y eso trae otro tipo de problemas. Por ello, se han de limitar exclusivamente cuando tenemos que parar la conducta al momento, para el resto de cosas que no queremos que haga deberemos ignorarlos. También tenemos que poner de nuestra parte para evitar los castigos: se lo pondremos “difícil” para que haya que castigar, quitando “oportunidades” para fallar (si cada vez que ve una zapatilla va a morderla, lo que haremos será dejarle fuera de su alcance para no tener que reprimirle por ello). Esto no es válido a la hora de corregir ciertos comportamientos, pero debido a que hay que proceder con mucho tacto; es mejor estudiar esos comportamientos individualmente y establecer una pauta apropiada para ello.
Utilizando estas tres herramientas para comunicarnos con nuestra mascota, vamos a tener resueltos la mayoría de los problemas de comportamiento que se dan en la actualidad. Muchos de ellos se dan por no comunicarnos con ellos con suficiente claridad, generando en ellos estrés y ansiedad. Hay que ser consciente de que cada vez que nos relacionemos con nuestro perro, éste, lo que hagamos con él, lo interpretará como “premio”, “castigo” o “ignorar” y actuará en consecuencia.
Xabier Alzola Cambronero
Veterinario en Clínica Veterinaria Plaiaundi
Colegiado Nº 2000704
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